Viernes 19 de Octubre de 2018
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Los lunes... ¿al golf?

Javier Benavente*, director de Operaciones de Solutecnia Green, aborda en este artículo la problemática de los directivos de clubes de golf ante la situación de pérdida de empleo. Y aconseja ciertas pautas de comportamiento que facilitan la superación personal y profesional.

Son escasas las diferencias que separan al directivo de un club de golf de cualquier otro profesional de la gestión empresarial a la hora de afrontar el drama que supone la pérdida del puesto de trabajo.

Es muy importante que se tengan en cuenta una serie de condicionantes que concurren en el momento de conocer que se pasa a integrar una inmensa lista de ciudadanos, de cualquier nivel profesional y estrato socioeconómico, para poder entender –y poner en marcha– una serie de mecanismos psicológicos y conductistas que sirvan tanto de autodefensa inicial como de estímulo para dar el paso inicial hacia a la superación de tan dramática situación.

Por lo general, el interesado –una vez que conoce su nuevo “status”– pasa a recorrer un camino compuesto por una serie de etapas que –ineludiblemente– comienzan por una fase de sorpresa o estupor, seguida por una fase de relajación ante lo inevitable, para continuar por una fase de búsqueda (interna y externa) de alguna explicación que arroje luz sobre las causas del despido. Casi sin solución de continuidad, el abatimiento y la desesperación acogen al ex directivo con los brazos abiertos como fase final del camino.

Pero antes de que todo eso ocurra, hay que pasar uno de los tramos de mayor importancia y dificultad: Saber dejar el puesto.

Salir de la empresa de manera responsable y profesional es algo que no siempre los afectados están dispuestos a hacer o para lo que no suelen estar preparados. En ambos casos, no estar a la altura en dicha circunstancia resulta ser un tremendo error.

El buen profesional a menudo cuenta con tiempo más que suficiente para no dejar ningún cabo suelto. Ha de encontrar la fórmula de que el equipo a su cargo –y que vaya a permanecer en el club tras su marcha– conozca todas las actuaciones abiertas y por cerrar, los conflictos existentes en vías de solución y las medidas propuestas ante potenciales cambios de escenario, los métodos de dirección, etc.

El directivo ha de actuar en todo momento con la máxima profesionalidad y respeto hacia la empresa (la propiedad y el consejo de administración del club) y los que hasta ese momento han sido sus empleados.

No importa cuáles fueran las circunstancias que concurrieran en su despido, y que solo al club y a él mismo han de incumbir; el directivo debe salir con la cabeza alta y la satisfacción tanto del trabajo realizado como de lo mucho que sin duda ha aprendido tras su paso por el club o la instalación.

Sin olvidar nunca el debido agradecimiento a quienes han trabajado a su lado.

Una vez que se ha producido la salida física del club o instalación de golf, es cuando verdaderamente se atraviesan las fases antes esbozadas.

La fase de sorpresa está presidida por los restos de –la hasta ese momento activa– autoestima del directivo recién despedido. Reiterativos pensamientos del tipo “¿Cómo me ha sucedido esto a mí?”, “Si me he dejado la piel por ellos…”, “¿Así me pagan cuánto me he sacrificado por el club?”, “Tantos fines de semana sin ver a mi familia por el trabajo…”, “Yo que me olvidaba del reloj cuando llegaba al club…”, resuenan una y otra vez en la cabeza del afectado y en los oídos de cuantos se prestan a escucharle sin más intención que consolarle en su drama personal.

Esta fase de estupor ante lo acontecido se da en todas las circunstancias, incluso aunque la posibilidad de pérdida del puesto haya sido temida por el candidato desde tiempo atrás. Lo que no evita el reiterativamente demoledor pensamiento “Nunca habría esperado esto del club”.

Con una duración en el tiempo variable, la fase inicial de sorpresa da paso -de forma inexorable- a una etapa de relajación. De aceptación de lo inevitable. Una relajación que se produce casi simultáneamente a la recepción de la correspondiente indemnización económica derivada del despido y que realmente tiene lugar en la psique del afectado por el hecho de que deja de padecer el estrés acumulado en las fechas inmediatamente anteriores al despido (ansiedad vivida intensamente, que siempre termina por ser reconocida). Cuando el afectado reconoce que ha dejado de sufrir niveles máximos de estrés, comienza a reconocer –acaso solo en su fuero interno– que el despido tal vez no fuera tan inesperado como sinceramente (insisto, sinceramente) creyó en un primer momento. Este acto de reconocimiento interior no debe nunca ser confundido por el afectado con la aceptación del despido como algo justo. Solo como algo que no fue totalmente inesperado sino que, de alguna manera, lo veía venir.

La fase de relajación se inicia realmente cuando el afectado efectúa un análisis mental de la situación muy parecido a éste:

“Bueno, tenía que ocurrir, y ya ha ocurrido. Lo peor ha pasado ya. Ahora me doy un capricho y me tomo un par de semanas de vacaciones –porque me lo puedo permitir económicamente y además me lo merezco– y ya me pondré a buscar trabajo luego, descansado y con energías renovadas”.

Por humano y entendible que parezca a primera vista, este razonamiento es el más demoledor que puede darse en la mente del afectado. Tras haber llorado en todos los hombros disponibles y haberse rasgado las vestiduras en la fase inicial por haber sido despedido, cuando se ve con dinero fresco, inesperado y –a menudo abundante– se intenta consolar a sí mismo y premiarse por el “injusto castigo” que los malos le han infringido. En realidad actúa contra sí mismo al demorar algo esencial: El inicio de la superación del problema.

Una vez finalizado este periodo de autocomplacencia, y a menudo durante el disfrute del mismo, el afectado busca sin descanso una razón, una causa, una explicación al hecho mismo de su pérdida de empleo.

Esta etapa es altamente agotadora en sus comienzos, al tiempo que sumamente autodestructiva en su desenlace. El afectado busca y rebusca en su memoria hechos acontecidos en el día a día más o menos reciente y anterior al despido, adentrándose cada vez más en el pasado lejano, con el ansia de encontrar qué error cometió, en que proyecto fracasó, qué actuación  se frustró, etc. que fuera causa suficiente para haber perdido el empleo. Una agotadora tarea que no tiene horario para el afectado, de día y de noche se torna en un continuo estado de preocupación que –a menudo– roza la obsesión.

Un innecesario martirio interior que, en su última instancia, se traslada al exterior mediante dudas y preguntas constantes efectuadas a familiares, amigos y –fundamentalmente– a ex colegas e incluso, en los casos más graves, a antiguos empleados bajo su mando.

Lo que, de manera inadvertida para el afectado, le aleja cada vez más de quienes sinceramente quieren verle recuperarse y que deje de escarbar bajo sus propios pies con la pala de una culpa –real o imaginaria– cuya identificación a ninguna meta conduce.

Dado que, con demasiada frecuencia, los recuerdos magnifican –para bien y para mal– lo realmente vivido, de este túnel solo se suele salir de la peor manera posible: Autoinculpándose del despido.

En ese preciso instante, el afectado cae en el abatimiento, en la desesperación y solo entonces es realmente consciente del drama de su situación. De la realidad que le toca afrontar: Está sin trabajo, se ha gastado parte de un dinero que le habría venido muy bien en el incierto futuro que le espera, ha “cansado” a sus seres cercanos con su obsesiva preocupación y –lo que es peor– ha perdido unas energías y un tiempo preciosos.

Afortunadamente, hay personas que no atraviesan la totalidad de las etapas anteriores de acuerdo a los mismos patrones de duración, y la misma se reduce a lo humanamente comprensible y aceptable. Esas personas son las que antes superan la situación al poner rápidamente en marcha la máquina del tren que les sacará del atolladero en que se encuentran.

La experiencia en el trato con personas que han perdido su empleo y buscan resolver su situación profesional demuestra inequívocamente que la clave reside en tener en cuenta una doble consideración.

  1. Buscar trabajo ha de convertirse para el afectado en un trabajo en sí mismo.
  2. La situación de desempleo será transitoria y dará paso a un trabajo mejor.


Sin interiorizar realmente estas dos premisas de conducta, difícilmente podrán combatirse las arduas batallas que le esperan al director de club que ha perdido su trabajo.

Lo primero es recuperar la autoestima y la profesionalidad. El calvario por el que ha pasado desde que le despidieron no le ha hecho olvidar lo que sabe hacer. Es un directivo, un profesional que ha de aplicar técnicas de gestión que conoce bien, a su nuevo proyecto. Empezando por el rigor y la disciplina personales.

Sabe, y debe, diseñar lo antes posible un peculiar “Plan de Negocio” que le conduzca al éxito en su gestión y alcanzar el objetivo: Encontrar trabajo.

Ante todo, debe dar a conocer su situación en todos los ámbitos profesionales que hubieran estado relacionados con su actividad. Proveedores, estamentos públicos locales y federativos, autoridades, colegas de profesión, incluso sus otrora competidores, deben saber que está parado pero no quieto. Que es un buen profesional y que está disponible.

Debe emplear buena parte de su tiempo en relacionarse, en que su voz y su nombre se escuchen en el mercado. Aunque sea de forma no remunerada, la impartición de conferencias, la redacción de artículos, la participación desinteresada en actividades profesionales y sectoriales, etc. resultan de incalculable valor para quien ha de evitar por todos los medios que el sector se olvide de su nombre e imagen, de su andadura profesional y de su experiencia.

No hay que tener miedo a salir al escenario estando desempleado. El desempleo ajeno no genera en los demás desprecio ni lástima. Diríamos que muy al contrario. Es como cuando se pincha en el tee del 1. Si el jugador que está a la bola falla el golpe de salida, se sentirá humillado y avergonzado por el error cometido ante los jugadores presentes que le seguirán en el juego. Pero no olvidemos que la gran mayoría de aquellos (los más sensatos) lejos de reírse pensarán con solidaridad y cierto temor –no nos engañemos– que a ellos les puede pasar lo mismo en escasos minutos.

El plan de actuación debe recoger de manera ordenada y eficaz los targets que nos fijemos para dar a conocer nuestra situación de ilusionada disponibilidad –que no de dramático desempleo– ante aquellas personas e instancias más efectivas.

El denostado Currículum Vitae debe transformarse en un efectivo Historial Profesional del directivo. Breve, conciso, concreto, sin rimbombancias ni medallas –por reales y merecidas que pudieran ser– ya que ha de ser simplemente el documento que quede sobre la mesa del Head Hunter cuando haya finalizado la entrevista personal. Solamente eso. Y, siempre que sea posible, debe entregarse en mano. No se debe desperdiciar ninguna ocasión de contacto personal. Los buenos profesionales se venden mejor en las distancias cortas, sin temor alguno al cara a cara. Con toda la autoconfianza en sus propias capacidades profesionales (lo que nunca debe confundirse con soberbia o prepotencia).

Otro de los aspectos esenciales que el directivo que busca trabajo no debe olvidar es la situación coyuntural que presente el mercado de trabajo en su sector de actividad justo en el momento en que él se encuentra a la búsqueda de empleo. Debe buscar el equilibrio en su actuación. Salvo situaciones personales o familiares al límite, debe rechazar opciones que entran en un inequívoco paso atrás en su progreso profesional, pero también debe evitar fijarse como meta el lograr mejoras económicas y profesionales respecto a su anterior situación de empleo.

Ahora es el momento de demostrar su valía y no de escudarse en un background profesional por muy bien respaldado que vaya vía masters, referencias y/o cartas de presentación. Al nuevo empleador, lo pasado le interesa lo justo. El candidato debe fijarse una máxima a proponer a su posible empleador en materia remunerativa: Primero demostrar, luego exigir.

No hay tampoco que temer al hecho de aceptar cargos que, en principio, supongan menores responsabilidades profesionales. El mercado es el que es y hay que saber hacer cestos con los mimbres disponibles en cada momento. Con toda seguridad llegará el momento de recuperar posiciones en el nuevo organigrama. Solo de las capacidades demostradas dependerá lograrlo y el poder alcanzar el momento de pararse a exigir mejoras de categoría profesional y de remuneración.

El directivo que está a la busca de un nuevo club o de una nueva instalación de golf tiene a su disposición herramientas, contactos, conocimientos, experiencia y madurez suficientes para actuar eficazmente. Si no da lo mejor de sí mismo en ese empeño, si se limita a enviar currículums y a consultar ofertas que vayan apareciendo en Internet, solo malgastará un tiempo precioso en lamerse las heridas y en culpar a los demás de su situación.

Perdiendo sin duda alguna en el camino habilidades que le eran propias antes, y que –una vez perdidas– le serán muy difíciles de recuperar. Justo en el peor momento, cuando más falta le haría contar con todas ellas.

Se trata, por tanto, de alcanzar un objetivo a corto plazovolver a la actividad profesional lo antes posible– y no de diseñar una estrategia a largo plazo.

En pocas palabras, hay que salir de la situación de desempleo pronto y en las mejores condiciones profesionales posibles. No es cuestión de buscar dónde poder jubilarse confortablemente.

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* Javier Benavente
Solutecnia Green
Director de Operaciones
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