Viernes 20 de Abril de 2018
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¿En busca de la perfección?

En busca de la perfección No, gracias

Suele decir Pedro Morán, gerente de Puerta de Hierro y Premio ClubManagerSpain al gerente del Año 2008, que “todo en un club es mejorable… hasta su ruina total”. En estos tiempos de crisis vale la pena recordarlo, en especial a la hora de atender, analizar y planificar las sugerencias de los socios y comités.

 

Ha tenido que caernos encima esta crisis para que muchos comités empiecen a dar marcha atrás a sus pretensiones de alcanzar la perfección en cada área de la que cada uno se siente responsable dentro de cada club. Solían ser mejoras a expensas de modificar los prepuestos alegando la “indiscutible” conveniencia de mejorar el gimnasio, la piscina, la tapicería de las mesas de juego, o de modernizar la vajilla o el sistema de atención telefónica.

Lo cierto es que nadie plantearía estas modificaciones urgentes de última hora en un club tradicionalmente bien regido por parte de sus órganos directivos; en un club en el que fuera habitual seguir una planificación estratégica, fijar un calendario de actuaciones a corto, medio y largo plazo, y exigir al director con el máximo rigor que se cumpla el presupuesto que resulta de dicha planificación.

Suena a película de hadas, ¿verdad?

Pues no. No es una novela de ficción.

Hay muchos clubes, sobre todo en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde los órganos de gobiernos (léase Presidente, Junta Directiva y Comités) asumen su papel de propietarios o usuarios interesados en el disfrute de las instalaciones y servicios por parte de todos, y dejan en manos de un profesional la responsabilidad de llevar el día a día.

Por supuesto son personas con sus propias ideas sobre qué plantas de temporada son más convenientes. O sobre cuál es la temperatura idónea en la piscina cubierta. O sobre la hora adecuada para abrir el spa. Tienen ideas y las expresan. Y a continuación esperan a que un profesional bien pagado aplique sus mejores conocimientos de análisis; determine la amortización de los materiales que se ha sugerido cambiar; estudie las implicaciones económicas de la remodelación de horarios; compare las alternativas que ofrece el mercado; exponga sus conclusiones a la Junta Directiva para que ésta decida si encajan en el plan estratégico presentado previamente a la masa social y aprobado por ésta, y se decida así la conveniencia de introducir novedades en el plan, y en los presupuestos.

Puede parecer un proceso lento pero, ¿acaso hay otro mejor? Un club no es una empresa que, como las de telefonía móvil, tenga que dar la vuelta cada seis meses a su modelo de negocio para adaptarlo a las nuevas costumbres de sus usuarios. Todo lo contrario.

Un buen club está ahí para toda la vida. Porque no es sólo un negocio en el que haya que quitar las mancuernas para poner en su lugar máquinas de Pilates que mañana se pueden cambiar por una máquina vibradora o de electroestimulación. Ni hay que retirar la cerveza Guinness porque se haya puesto de moda la cerveza sin alcohol. Ni hay que convertir el salón de lectura en un business center atenido por una secretaria. Y sin embargo, al mismo tiempo, la Junta Directiva debe encontrar la manera, con la ayuda de su director, de modernizar y actualizar todos esos servicios.

El objetivo más importante de un club son las relaciones entre las personas. Con ayuda de la calidad de sus instalaciones y servicios.

Para hacer deporte y marcharse deprisa tenemos hoy una variedad de ofertas amplísima y mucho más barata en los polideportivos municipales, donde no nos conoce nadie ni tenemos que relacionarnos con nadie. Siempre habrá otros centros deportivos con más pistas de tenis, hoteles con salones más grandes, y centros de spa con más chorros de agua a distintas temperaturas. Pero un club no necesita todo eso para ser magnífico. No necesita ser perfecto en todos los aspectos hasta conseguir arruinar a sus socios.

El director de un club de Cádiz me decía hace poco que este año no van a resembrar en invierno. Se van a ahorrar varias decenas de miles de euros y van a enseñar a sus socios y usuarios que es natural que la hierba bermuda amarillee en invierno cuando baja la temperatura;  pero está viva y permite jugar muy bien al golf en ella. Así lo hacen en docenas de campos de los Estados Unidos, incluido el Atlanta Athletic club, donde aprendió a jugar al golf el legendario Bobby Jones.

Y tiene toda la razón. Estoy seguro de que el número de golpes que sumen como promedio las tarjetas de los socios y usuarios de este club de Cádiz el próximo invierno no se va a modificar negativamente ni una décima. Más aún; estoy seguro de que las relaciones entre los socios no se van a deteriorar, sino al contrario, cuando vean que el dinero se utiliza en mejoras perdurables (la hierba que se resiembra cada invierno muere al llegar la primavera) y en servicios más eficaces y necesarios.

Pero tiene suerte este director de que su Junta Directiva apruebe alejarse de los cánones establecidos por el golf televisado, y se acerque a la realidad de la naturaleza, de la que también formamos parte los seres humanos.

La perfección en un club no existe, y ni siquiera es deseable.

Primero porque un club es la obra de los seres humanos imperfectos que lo han utilizado a lo largo de los años. Y luego porque la factura sería tan grande que, como los coches o los barcos de lujo, se los pueden permitir muy pocos, e incluso éstos los utilizan menos tiempo del que los muestran como si fuera una joya en una exposición.

Así que recibamos  la primavera con un cóctel poco habitual hasta ahora: una masa social razonable, una Junta Directiva previsora, y una Dirección más preparada que nunca para presentar los datos con objetividad y firmeza.

A partir de ahí, a disfrutar del club. Imperfecto, pero para toda la vida.

 

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